Entre frases hechas, alegrías, lluvias, amores, llantos, programas de televisión y discursos se nos va la vida. La última que nos queda. Aprender a entenderla, o creer que lo logramos es, para mí, casi como sentir que le gano. O por lo menos, que no pierdo. Me planteo entender que todo es solamente una posibilidad, una opción. Hasta lo peor, es una mera posibilidad, que puede pasar, como no; pero no es el fin de nada, todo sigue.
Reconozco a la naturaleza como la belleza misma. A lo inmanejable, como el Sol, el amor, la pasión, el poder del viento, la interacción con un animal, como lo verdaderamente esencial de esta vida. Lo demás, depende mucho de nosotros, los humanos y lamentablemente ahí radica la mayor contradicción; ¿Cómo no somos capaces de ponernos de acuerdo y convivir? ¿De dónde nace tanta fuerza egoísta y ambiciosa que se alimenta de la destrucción de un otro igual a mi?
Parece una lucha desalentadora, grandes corporaciones, países, organizaciones, con un arma poderosísima; la impunidad.
Por eso creo, que en este duelo existencial, una batalla ganada es reconocer los malos tragos como una evolución. Me propongo disfrutar de una traición tanto como de un abrazo. Es que esta, no es más que la expresión sensorial de que la vida sigue puliendo nuestro alrededor y sacando a quienes no conviven con nuestro entorno. Sin el duelo de este mal momento, hubiéramos seguido rodeado de algo o alguien que no nos hace bien. Es el comienzo de una nueva etapa, reordenando las partes y dejando al lado a los que el viento, las ideas, la energía y los valores vuelven a elegir. Solo un sincero perdón o una nueva etapa de aprendizaje volverá a ponernos en ese lugar otra vez. Quizás nos duela darnos cuenta que probablemente pasemos hasta el último dia de nuestro respirar sin saber si estamos compartiendo con quienes lo merecen, pero disfrutar de dejar de hacerlo con quienes no, es en si misma la primera superación y un buen motivo para sonreír.
No juzguemos a la vida por la poca humanidad de los humanos, les juro que no tiene nada que ver.
jueves, 30 de enero de 2014
lunes, 23 de diciembre de 2013
Amante, no hay camino...
Amar es, fue y será un sinónimo de libertad. A pesar de que vivimos rodeados de naturalistas, que nos hacen creer que el ser humano tiene acciones innatas, tengo la certeza que amar es una libertad esencial.
Para cada momento existe una biblia, un paradigma, una religión, un estatus social, una generación, etc. que nos limita indicándonos el camino "correcto". Hay que casarse para siempre, tener hijos, ser fiel y un montón de convenciones más. Existe un manual de procedimiento hasta en los sentimientos. "Es natural" que a un hombre le guste una mujer. "Es un pecado" sentir cosas por otra persona. "Es lo normal" contraer matrimonio. "Ya a tu edad deberías pensar en una familia". Es, Deberías, Normal, Natural, etc. ¿Quién dijo todo esto? ¿Quién me guionó la vida?
Algunos me hablan del "instinto". Instinto tienen los animales. Nosotros tenemos una carga cultural del mundo que nos toca vivir. Si nacemos en Japón, África o India, seguro lo "innato" sea diferente. El instinto es una imposición, que por antigua y funcional para algunos, ya no se cuestiona. Pero no deja de ser alguien o un grupo de personas que dijeron que ESO era lo normal y lo que "estaba bien". Personas, como las que en algún momento dijeron que las mujeres no debían votar, ni trabajar, ni siquiera opinar. O como los que creían que por ser negro deberías ser esclavo.
Amar, como la expresión máxima del sentir, es la apertura a un nuevo campo, desconocido, incapaz de alcanzarlo solo. Cuando sentimos, ampliamos el espectro sensorial, experimentamos en un terreno inédito. Esa experiencia, ya es, en sí mismo, un crecimiento. Aprender es desarrollarse. Conocer y saber más sobre la vida, sobre tu vida, es un acto de progreso. Y el último hilo de esta cadena es entender que cuanto más se conoce, más libre se es. Por solo el hecho de poder elegir entre más opciones. Así como las mujeres, como los negros, etc. conocieron sus valores y de a poco fueron siendo libres. Quien reconoce sus sentimientos, a pesar de que no los pueda controlar (por suerte), va pudiendo elegir y con esto, va siendo independiente, con sus propias reglas, su propio "instinto".
Para cada momento existe una biblia, un paradigma, una religión, un estatus social, una generación, etc. que nos limita indicándonos el camino "correcto". Hay que casarse para siempre, tener hijos, ser fiel y un montón de convenciones más. Existe un manual de procedimiento hasta en los sentimientos. "Es natural" que a un hombre le guste una mujer. "Es un pecado" sentir cosas por otra persona. "Es lo normal" contraer matrimonio. "Ya a tu edad deberías pensar en una familia". Es, Deberías, Normal, Natural, etc. ¿Quién dijo todo esto? ¿Quién me guionó la vida?
Algunos me hablan del "instinto". Instinto tienen los animales. Nosotros tenemos una carga cultural del mundo que nos toca vivir. Si nacemos en Japón, África o India, seguro lo "innato" sea diferente. El instinto es una imposición, que por antigua y funcional para algunos, ya no se cuestiona. Pero no deja de ser alguien o un grupo de personas que dijeron que ESO era lo normal y lo que "estaba bien". Personas, como las que en algún momento dijeron que las mujeres no debían votar, ni trabajar, ni siquiera opinar. O como los que creían que por ser negro deberías ser esclavo.
Amar, como la expresión máxima del sentir, es la apertura a un nuevo campo, desconocido, incapaz de alcanzarlo solo. Cuando sentimos, ampliamos el espectro sensorial, experimentamos en un terreno inédito. Esa experiencia, ya es, en sí mismo, un crecimiento. Aprender es desarrollarse. Conocer y saber más sobre la vida, sobre tu vida, es un acto de progreso. Y el último hilo de esta cadena es entender que cuanto más se conoce, más libre se es. Por solo el hecho de poder elegir entre más opciones. Así como las mujeres, como los negros, etc. conocieron sus valores y de a poco fueron siendo libres. Quien reconoce sus sentimientos, a pesar de que no los pueda controlar (por suerte), va pudiendo elegir y con esto, va siendo independiente, con sus propias reglas, su propio "instinto".
Siento luego existo - Las Pelotas
...Se hace camino al amar.
lunes, 25 de noviembre de 2013
¿Cómo pasó todo?
Soy parte de la generación del odio. Donde la tentación hacia el desequilibrio es tan fuerte como la del poder. En donde el fin justifica los medios en cualquier ámbito. Donde los nuevos políticos aceptan que para lograr gobernar a su manera, deben correrse de sus ideales con la ilusa promesa cuando estén allí, volverán a inculcar las ideas que le despertaron el afán de mejorar esto. ¿Hasta donde llegan tus valores? ¿Son modificables según la circunstancia?
Soy contemporáneo a la generación en donde la policía es, en muchas ocasiones, mi enemiga. En donde quienes tienen que preservar y cuidar los derechos y convivencia de toda la sociedad no tienen más requisitos que la escuela pública completa y sus salarios son indignos. ¿Cuánta agua pasó debajo del puente para que un policía genere violencia? ¿Por qué es tan contradictorio su función esencial y lo que connota después?
Vivo entre quienes dicen "esto es Peñarol/Nacional" y, solo por esa razón, deben matarse. ¿En qué momento un club deportivo se transformó en símbolo de guerra? ¿Cuáles fueron los valores que cargaron a ese Club en un sinónimo de ganar o morir? ¿Por qué no se dice "esto es Multiahorro" y por eso me enfrento a la policía? ¿Cuál es la diferencia? Uno es un Supermercado y otro es un Club deportivo. Uno vende productos y el otro juega. ¿En qué momento de la bola de nieve estamos como para que el nombre de un equipo se transforme en la razón de un enfrentamiento guerrillero?
Camino entre personas que dicen que la inseguridad es el principal problema a solucionar en la sociedad y la educación el segundo. Aunque coinciden que la primera es producto de la segunda. ¿Entonces? ¿Qué es lo que hay que mejorar?
Escucho a comunicadores diciendo "hay que darle palo" a esos que critican porque, paradógicamente, dieron palo primero.
Reconozco a todos los que generan actos vandálicos. Puedo averiguar donde viven en 10 minutos. Pero tengo que correrme y hacer que no los vi. Porque quienes tienen la potestad para reeducarlos, se rinden ante ellos. Vivo en donde NADIE ve NADA.
En la esquizofrenia de cuestionarme todo, yo también debo tener que ver en esto. Soy culpable de esta sociedad ciega, sorda y muda. Debo serlo. Perdón.
Soy contemporáneo a la generación en donde la policía es, en muchas ocasiones, mi enemiga. En donde quienes tienen que preservar y cuidar los derechos y convivencia de toda la sociedad no tienen más requisitos que la escuela pública completa y sus salarios son indignos. ¿Cuánta agua pasó debajo del puente para que un policía genere violencia? ¿Por qué es tan contradictorio su función esencial y lo que connota después?
Vivo entre quienes dicen "esto es Peñarol/Nacional" y, solo por esa razón, deben matarse. ¿En qué momento un club deportivo se transformó en símbolo de guerra? ¿Cuáles fueron los valores que cargaron a ese Club en un sinónimo de ganar o morir? ¿Por qué no se dice "esto es Multiahorro" y por eso me enfrento a la policía? ¿Cuál es la diferencia? Uno es un Supermercado y otro es un Club deportivo. Uno vende productos y el otro juega. ¿En qué momento de la bola de nieve estamos como para que el nombre de un equipo se transforme en la razón de un enfrentamiento guerrillero?
Camino entre personas que dicen que la inseguridad es el principal problema a solucionar en la sociedad y la educación el segundo. Aunque coinciden que la primera es producto de la segunda. ¿Entonces? ¿Qué es lo que hay que mejorar?
Escucho a comunicadores diciendo "hay que darle palo" a esos que critican porque, paradógicamente, dieron palo primero.
Reconozco a todos los que generan actos vandálicos. Puedo averiguar donde viven en 10 minutos. Pero tengo que correrme y hacer que no los vi. Porque quienes tienen la potestad para reeducarlos, se rinden ante ellos. Vivo en donde NADIE ve NADA.
En la esquizofrenia de cuestionarme todo, yo también debo tener que ver en esto. Soy culpable de esta sociedad ciega, sorda y muda. Debo serlo. Perdón.
lunes, 4 de noviembre de 2013
Sirviendo a la sociedad
Fui buscando seguridad y me sentí aún más vulnerable. Estaba solo, rodeado de gente con disfraces que les otorgan un poder que no saben manejar. Me habían robado y lo seguían haciendo. Primero dinero y algunas pequeñeces materiales y después un montón de certezas que creía tener.
No quiero transmitir un mensaje apocalíptico sobre la inseguridad, solo pretendo compartir el vacío que me generó creer que para algunos policías las personas van a hacer un mero trámite a la comisaría. Y que decirles; "ya está, ahora ya pasó" a quienes le acaban de extirpar lo que es suyo es un consuelo de tontos. Reconocemos que el pasado es inmodificable, pero, si no es mucha molestia, permítame sentir enojo e impotencia, señor oficial.
Es cierto, y a la vez alarmante, saber que muchos de nosotros no iríamos a hacer la denuncia de los objetos robados si ésta no fuera imprescindible para obtener los duplicados. Pero este accionar común, debe ser producto de malas experiencias, ya que prefiere guiarse por la corriente empírica, mucho más lógica y racional, señor oficial.
Mientras esperaba mi turno, en un lugar hostil, con plantas disecadas, manchas de de humedad en las paredes pintadas de celeste inerte, escuchaba los gritos de una señora que, deduje, estaba haciendo su denuncia. Quien según mi asociación, le tomaba declaraciones, le pedía con tono autoritario que le reprodujera textualmente los insultos que habría recibido. Con altibajos en su entonación, accedió. Ya que va a buscar algunos significados en el diccionario, señor oficial, 'échele un vistazo' a la palabra vergüenza, humillación y pudor.
Haciendo alusión a dichos gritos de la pieza lindera, el policía que unos minutos más tarde me iba a tomar la denuncia tituló: "Dejá, un quilombo bárbaro". Se mostraba molesto. No tanto por la degradación que sintió y sentía la mujer en ese momento, sino por los gritos. No se olvide de la palabra empatía, señor oficial. ¿O debo llamarlo "botija" o "cabeza"? Como me llamó usted a mí. No sé, cada vez entiendo menos.
"Yo no puedo creer, te piden un papel que lo van a tirar a la basura. En este país están para trancarte las bolas. Soluciones nadie te da, pero pa' joderte son como mandados hacer. Bueno, vamo' a hacerlo entonces" respondió y yo sentía que concordaba con alguien que no pensaba lo que decía, sino que repetía una exclamación popular y facilista. Lo entiendo, señor oficial, usted también es una persona, que se queja del gobierno, que sufre para llegar a fin de mes, que le molesta la burocracia en las oficinas públicas, etc. Pero usted está ahí con un fin. Con el fin de mantener el orden y no solo el cronológico, que tampoco lo logra, aunque no es el único responsable. Si usted, en su lugar, no me ofrece garantías, no me arropa en un momento de suma fragilidad, ¿adónde debo ir?
Cuando salí de la comisaría, volví a ver el Sol, me rodee de gente que no conocía pero que no tenía la obligación de protegerme, me sentí más seguro. Preferí confiar en la incertidumbre y no en el poder otorgado. El símbolo de los previsores del caos me llenó de dudas. Y después de desconfiar en las aptitudes de un policía, ¿qué queda?
No quiero transmitir un mensaje apocalíptico sobre la inseguridad, solo pretendo compartir el vacío que me generó creer que para algunos policías las personas van a hacer un mero trámite a la comisaría. Y que decirles; "ya está, ahora ya pasó" a quienes le acaban de extirpar lo que es suyo es un consuelo de tontos. Reconocemos que el pasado es inmodificable, pero, si no es mucha molestia, permítame sentir enojo e impotencia, señor oficial.
Es cierto, y a la vez alarmante, saber que muchos de nosotros no iríamos a hacer la denuncia de los objetos robados si ésta no fuera imprescindible para obtener los duplicados. Pero este accionar común, debe ser producto de malas experiencias, ya que prefiere guiarse por la corriente empírica, mucho más lógica y racional, señor oficial.
Mientras esperaba mi turno, en un lugar hostil, con plantas disecadas, manchas de de humedad en las paredes pintadas de celeste inerte, escuchaba los gritos de una señora que, deduje, estaba haciendo su denuncia. Quien según mi asociación, le tomaba declaraciones, le pedía con tono autoritario que le reprodujera textualmente los insultos que habría recibido. Con altibajos en su entonación, accedió. Ya que va a buscar algunos significados en el diccionario, señor oficial, 'échele un vistazo' a la palabra vergüenza, humillación y pudor.
Haciendo alusión a dichos gritos de la pieza lindera, el policía que unos minutos más tarde me iba a tomar la denuncia tituló: "Dejá, un quilombo bárbaro". Se mostraba molesto. No tanto por la degradación que sintió y sentía la mujer en ese momento, sino por los gritos. No se olvide de la palabra empatía, señor oficial. ¿O debo llamarlo "botija" o "cabeza"? Como me llamó usted a mí. No sé, cada vez entiendo menos.
"Yo no puedo creer, te piden un papel que lo van a tirar a la basura. En este país están para trancarte las bolas. Soluciones nadie te da, pero pa' joderte son como mandados hacer. Bueno, vamo' a hacerlo entonces" respondió y yo sentía que concordaba con alguien que no pensaba lo que decía, sino que repetía una exclamación popular y facilista. Lo entiendo, señor oficial, usted también es una persona, que se queja del gobierno, que sufre para llegar a fin de mes, que le molesta la burocracia en las oficinas públicas, etc. Pero usted está ahí con un fin. Con el fin de mantener el orden y no solo el cronológico, que tampoco lo logra, aunque no es el único responsable. Si usted, en su lugar, no me ofrece garantías, no me arropa en un momento de suma fragilidad, ¿adónde debo ir?
Cuando salí de la comisaría, volví a ver el Sol, me rodee de gente que no conocía pero que no tenía la obligación de protegerme, me sentí más seguro. Preferí confiar en la incertidumbre y no en el poder otorgado. El símbolo de los previsores del caos me llenó de dudas. Y después de desconfiar en las aptitudes de un policía, ¿qué queda?
lunes, 7 de octubre de 2013
¿Y la pelota?
Los hombres solemos desear cosas
que después no sabemos bien qué hacer con ellas. Yo sueño con sábados y
domingos a la tarde. O mejor, fantaseo con un mundo lleno de actividades
placenteras ahí afuera, mientras yo trabajo. Pero por aquel viejo dicho popular
de que el policía en su día libre va a la comisaría a tomar mate, yo decidí ir
al Estadio Centenario.
Fui a ver fútbol y vi un montón
de hombres, de cuerpo erguido, con postura dominante, autoritaria, juzgando a
un hombre, al parecer, importante. Era raro, decían que él no estaba apto para
ocupar un cargo tan importante. También decían que en siete partidos se debía
haber demostrado algo positivo y él no lo había logrado por lo que ya era hora
de que abandonara su cargo. ¿Cómo habrá sido la séptima emisión de ese programa?
¿Ellos demuestran algo positivo? Pensé.
Fui a ver fútbol y escuché entre
gritos que todo en la vida se basa en los resultados. Y más aún, que ya nada es
“para siempre”. Uno de ellos, en posición combativa, se animó a hablar de
religión; “hasta la iglesia sacó la frase ‘para siempre’ cuando casan a dos
personas” dijo. Ya ni al amor se le tiene paciencia, pensé.
Fui a ver fútbol y sentí un
fuerte olor a pólvora. Provino de una bomba de estruendo que cayó desde la
tribuna de unos hinchas de Peñarol hacia unos sesenta de Wanderers, que hasta
ese momento, ni habían siquiera alzado la voz. Cuanto olor a mediocridad,
pensé.
Fui a ver fútbol y saboree un café que simbolizó el entorno. Amargo, de baja calidad. Con poco criterio y enorme egoísmo de quien lo elabora. Qué poco profesionalismo, pensé.
Fui a ver fútbol y rocé el lado más áspero de un deporte; lo que pasa afuera. Quiero estar adentro, pensé.
De la pelota nadie habló. Una persona se quedó
sin trabajo mientras otras siguieron en el suyo, con la cruel gratitud de haberse
adelantado a un final.
Ahora que sé lo que pasa los sábados y domingos a la
tarde, quiero volver a trabajar.
martes, 24 de septiembre de 2013
Con fianza eterna
Jugar a confiar es de los desafíos más grandes que tiene el ser humano. La sola participación de un otro, con la dependencia que esto contiene, nos conecta con una energía superior. Si bien la valoración del esfuerzo propio nos otorga una hermosa sensación de poder individual, cuando unimos a otra persona a nuestra aventura ampliamos el espectro.
No es necesario prestarle 10.000 dólares a un desconocido y jugar a que lo va a devolver. Simplemente acciones como coordinar una cita con alguien y apagar el celular durante las horas previas, nos sirve como ejemplo para poner a prueba este desafío. Confiar en la palabra del otro. En el lugar que ocupa esa cita en su lista de prioridades. En haber transformado una promesa en una responsabilidad. Sentir que está en juego nuestra lealtad. Apostar parte del ego al rojo.
El regocijo del encuentro es extraordinario. Saber que la palabra del otro vale. Que romper el pacto sin previo aviso, o sin la constatación del mensaje recibido, le provocaría una falta. Ésto nos posiciona en la cima por un instante. La empatía. El reconocimiento. La valoración. Todo nos provoca una excitación que enaltece tanto nuestra estima como la percepción del otro.
El porqué de tanto beneficio radica en lo que se puede perder. La frustración del desencuentro es desmotivante, dolorosa. Quizás la verdadera razón que tiene el otro para faltar es lo suficientemente válida. Sin embargo, poco importa el argumento. La amargura del desamor es mayor. Los golpes duran siempre un poco más y las manchas en el alma permanecerán siempre en algún rincón del inconsciente.
La vida nos propone retos de grandes placeres. Con complacencias de enorme atractivo que cargaremos orgullosamente durante toda la vida. La estimación y admiración por los valores con los que nos vamos abriendo puertas suelen ser mucho más poderosos que juegos de azar o de alta destreza técnica. No hay puntuaciones ni 'vidas' que perder sino una moralidad que alimentar. Ya que cuando estamos solos, ésta, es la única que nos mantiene vivos.
viernes, 6 de septiembre de 2013
Perros de la calle
En el corazón del Parque Batlle, pero en el corazón eh. Ahí donde los ruidos de motores se dan una vuelta cada tanto para molestar y quitarle los vicios de paraíso al lugar. Ahí, existe un mundo paralelo, mucho más natural, donde hay verdades individuales que, unos metros más afuera, son fácilmente contrastable.
El verde da lugar a la libertad. El sol, el clima, el campo del asfalto, nos permite soñar en medio del bullicio. Estamos quienes nos tomamos unas vacaciones de la realidad y le damos la mano a un libro para descansar aunque sea un rato, y quienes a veces se van a la ciudad de la mano de alguna responsabilidad.
Allí, más cerca que lejos, conviven decenas de perros en una armoniosa amistad. En una especie de corral, al que llegan hombres rodeados de canes moviendo su cola en señal de algarabía, se juntan más de cuarenta animales por mañana. De distintas casas, distintos dueños, balcones, veterinarias, patios de 2x2, "pastillitas" y huesos. Todos juntos, libres y educados.
Al costado, hombres que viven realidades que, solo cada tanto, se comparten entre sí. Aparentando más de cincuenta años, un señor de unos 190 centímetros realiza ejercicios dignos de un futbolista profesional. Pequeños trotes con salto y cabezazo al final, largos tramos con dominio de balón en subida, disparos al vacío de media distancia y hasta 'zig zag' con pelota entre piedras, que vestidas de cono, le ayudan a precisar un dribling envidiable.
Más allá en el paisaje, otro hombre, en diálogo cerrado con los ponys que luego serán adornos de miles de portaretratos en nuestras casas. Detrás, un "parque de diversiones" con juegos clásicos que generalmente están inmóviles. En un rincón del cuadro, una solitaria y silenciosa oveja que empieza a sufrir el producto de la temperatura y su lana.
Mientras tanto, madres que le enseñan a sus hijos lo que cuando crezcan, muchos se olvidan de disfrutar. Personas que, como nubes, pasan raudamente mirando el suelo sin darse cuenta de tamaña belleza. Y un canto intenso de loros que seguramente en su idioma, nos piden que nos quedemos un rato más, que cuando se termina el arbolado, vuelve la realidad.
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